lunes, 27 de abril de 2009

La sombra de los recuerdos

Aquí estoy sentado en mi butaca, rodeado de mis recuerdos. Muchos de ellos son remordimientos. Pero hay uno sobre todo que me persigue hasta en sueños. Es ése cuando cometí un gravísimo atentado contra la vida de mi madre, la asesiné. Ahora mismo estoy volviendo a recordar esos momentos.
-Hola mama,- dije al entrar a casa, y mi madre contestó:
-¿Qué tal hijo? La cena está hecha desde hace un buen rato, ¡está fría! El día que vuelvas a llegar tarde no te la vuelvo a dar.
No le contesté ni le dije nada, solamente fui a la cocina a ver lo que me había preparado, pero la sorpresa fue mayúscula cuando levanté la tapa que cubría el plato y vi que estaba vacío. Se me pasaron muchas cosas por la cabeza, pero sobre todo la de aquellas noches que mis padres me dejaban sin cenar y hasta el día siguiente no probaba bocado.Fui en busca de mi madre pero ya estaba dormida. Me puse muy nervioso y busqué mis pastillas, pero no las encontré en el cajón de mi cuarto, que es donde las suelo dejar siempre. Así que pensé que mi madre me las había robado para reírse de mí como tantas veces lo había hecho diciéndome:
-¡Eres un enfermo, me das asco, cómo he podido parir un hijo como tú!
Yo nunca la contesté aunque siempre que me lo recordaba tenía ganas de abofetearla y decirle lo que pensaba de ella, pero nunca fui capaz de hacerlo, ya que era la única que me soportaba por mi enfermedad, sobre todo después de que mi padre muriera por un ataque al corazón. Fui a la sala de estar, al baño, a la cocina, a las dos habitaciones, pero no las encontré. El único lugar que me quedaba por registrar era el cuarto de mi madre, donde ella estaba durmiendo. Antes de entrar pensé que si la despertaba se iba a poner hecha una furia y me iba a pegar. De repente se me nubló la vista, me empecé a marear y me vinieron unas ganas enormes de vengarme de mi madre. Regresé a mi habitación y cogí la pistola de mi padre. Después me dirigí a la cocina y agarré el cuchillo jamonero. Me dispuse a abrir la puerta de la habitación, pero se me disparó la pistola y mi madre se despertó en ese instante. Entré en el cuarto y ella al verme armado me dijo:
-¿Me vas a matar? ¡No te atreverás! Eres un enfermo, no sabrías vivir sin mí, ¡dependes de mí para poder subsistir!
Cerré los ojos y le disparé hasta que se acabaron las balas del revolver. Abrí los ojos, me acerqué a ella y la apuñalé cinco veces. Después cogí su cuerpo sin vida y lo restregué por las paredes de la habitación dejándolas rojas.
-¿No querías pintar la habitación? -le pregunté. ¡Ahora la tienes pintada!
Me fui al salón y me senté en la butaca donde estoy en este instante. Hace un día que la maté, no me he levantado de esta butaca ni para orinar, pero ahora se me están cayendo los mocos; tendré que coger los pañuelos que tengo en el bolsillo de mi chaqueta. Metiendo la mano en el bolsillo digo:
-¿Qué es esto que hay aquí?
Por desgracia, son las pastillas. Voy hacía la cocina y al abrir el microondas está la tortilla de patata que mi madre me había preparado para cenar y pienso: ¡Mi madre no me había dejado sin cenar ni tampoco me había escondido las pastillas! Lo único que puedo hacer es suicidarme, ya que soy un marginado de la sociedad por mi enfermedad. Cojo la pistola, me la pongo en la cabeza, aprieto el gatillo y ¡pum!
J.

1 comentario:

Federico Jimenez dijo...

De puta madre el relato escribid más por favor