lunes, 10 de mayo de 2010

La familia de Pascual Duarte / Camilo José Cela



Me acordaba del director, de la última vez que le vi; era un viejecito calvo, con un bigote cano, y unos ojos azules como el cielo; se llamaba don Conrado. Yo le quería como a un padre, le estaba agradecido de las muchas palabras de consuelo que ‑en tantas ocasiones‑ para mi tuviera. La última vez que le vi fue en su despacho, adonde me mandó llamar.
-  ¿Da su permiso?
-  Pasa, hijo.
Su voz estaba ya cascada por los años y por los achaques, y cuando nos llamaba hijos parecía como si se le enterneciera más todavía, como si le temblara al pasar por los labios. Me mandó sentar al otro lado de la mesa; me alargó la tabaquera, grande, de piel de cabra; sacó un librito de papel de fumar que me ofreció también.
-  ¿Un pitillo?
‑Gracias, don Conrado.
Don Conrado se rió.
‑Para hablar contigo lo mejor es mucho humo. ¡Así se te ve menos esa cara tan fea que tienes!
Soltó una carcajada que al final se mezcló con un golpe de tos, con un golpe de tos que le duró hasta sofocarlo, hasta dejarlo abotar­gado y rojo como un tomate. Echó mano de un cajón y sacó dos copas y una botella de coñac. Yo me sobresalté; siempre me había tratado bien ‑cierto es‑, pero nunca como aquel día.
‑ ¿Qué pasa, don Conrado?
‑Nada, hijo, nada... ¡Anda, bebe..., por tu li­bertad!
Volvió a acometerle la tos. Yo iba a preguntar:
-  ¿Por mi libertad?
Pero él me hacía señas con la mano que no dijese nada. Esta vez pasó al revés; fue en risa en lo que acabó la tos.
‑Sí. ¡Todos los pillos tenéis suerte!
Y se reía, gozoso de poder darme la noticia, contento de poder ponerme de patas en la calle. ¡Pobre don Conrado, qué bueno era! ¡Si él supie­ra que lo mejor que podría pasarme era no salir de allí!

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