lunes, 20 de enero de 2014

Argumento de Edipo Rey / Sófocles



La acción transcurre delante del palacio real de Tebas. Una multitud se agolpa en las proximidades. Los tebanos se han concentrado ante el palacio del rey para suplicar al monarca que encuentre una solución a las calamidades que padecen a consecuencia de la plaga de peste que diezma a la población. Un sacerdote, recordándole la sabiduría usada en el pasado para descifrar los enigmas de la Esfinge, hace de portavoz del pueblo. Edipo les transmite la idea de que no es insensible al dolor y de que no ha estado parado durante ese tiempo. Así le dice al sacerdote que está esperando el regreso de su cuñado CREONTE de una embajada ante el santuario pítico de Febo para encontrar algún remedio a los males. En ese momento llega y, por la cara que trae, parece que porta buenas noticias. Le comunica que la causa de la peste es la inmunidad con la que quedó el crimen del anterior rey de la ciudad, LAYO. Aventura que hasta que el culpable no pague con su vida o se vaya de la ciudad, no cesará la peste. Edipo escucha el relato de lo sucedido a su predecesor, al que mataron un grupo de personas cuando peregrinaba al santuario de Delfos, y comprende que el dios esté enfadado pues no le parece bien que el asesinato quedara sin castigo. Sin embargo, el sacerdote le explica que no resultó fácil investigar el suceso al no haber testigos.
El coro de viejos invoca a los dioses protectores de la ciudad para que colaboren en la resolución del problema. Estos son Júpiter, Atenea, su hermana Artemis y Febo. 
El rey ordena que si alguien sabe algo de ese suceso que se presente ante él y será recompensado, perdonado si tiene alguna responsabilidad –se tendrá que exiliar- y si no lo hace, sabiendo algo, castigado.
El corifeo se pregunta sobre el comportamiento de Apolo, que muy bien podría haber dicho quién era el responsable del crimen. Y le sugiere a Edipo que consulte este asunto con el adivino TIRESIAS. En esto tampoco ha permanecido inactivo el monarca pues ya había ordenado que le trajeran al augur a su presencia. Este llega desanimado y de muy mala gana y sin deseos de hablar del asunto porque si hablara sería para perjudicar al rey. Pero Edipo insiste y le acusa de ser el instigador del crimen. Ante esa provocación, el ciego acusa al rey de ser el asesino y además, de estar unido en matrimonio con una mujer de su misma sangre. Edipo le insulta y le acusa de estar conspirado con su cuñado Creonte para que éste suba al trono. El adivino se reafirma ante todo lo dicho sin temor y además le vaticina que él mismo se quedará ciego y como un mendigo tendrá que salir de la ciudad.
Cuando Creonte se entera de las acusaciones que le había lanzado Edipo se presenta ante él para explicarle razonadamente que no le interesa el poder viviendo “como un rey”, pero sin la responsabilidad propia del cargo, y que no había razón de ser para cambiar su dicha. Sin embargo, no convence a Edipo que sigue pensando que trama algo. Solo paran de regañar cuando se presenta YOCASTA, esposa de Edipo. Esta pide explicaciones a los dos de por qué discuten. Creonte jura que no ha salido de él la acusación lanzada por el adivino. Yocasta pide a su marido que lo crea, igual que el coro, pero el soberano no lo hace y tan solo cede para que salga de la ciudad.
Su mujer le pide también que no crea en los adivinos pues se equivocan y para demostrárselo le cuenta que a su anterior marido le habían predicho que su hijo le mataría por lo cual, a los tres días de su nacimiento, ordenó que le atasen los pies y lo abandonaran en un bosque. Al final, los que le mataron fueron unos bandoleros en un cruce de caminos. Al oír este dato Edipo se sobresalta y le pide más detalles de cómo viajaban. Yocasta le da señas precisas del séquito, formado por cinco personas y de que viajaba en una sola carreta, y de que se enteraron por un servidor que logró escapar del ataque. El rey desea entrevistarse con ese esclavo para que le dé detalles de cómo se produjo la muerte. Y cuenta a su mujer sus orígenes, cómo vivía en Corinto, en el palacio real, pues era tenido como el hijo del rey, hasta que un día le acusaron de ser un hijo espurio. El rey le intentó convencer de que no hiciera caso a esos comentarios, pero no pude resistir consultar un oráculo y Febo no le respondió sobre esa cuestión, pero le vaticinó que mataría a su padre y se casaría con su madre. Con lo cual no regresó a Corinto y deambulando mató en una discusión a un grupo de hombres. Por eso desea entrevistar al servidor, único superviviente de la comitiva de Layo, pues éste había afirmado que habían sido varios bandidos los que habían matado al rey y a sus acompañantes, cuando él estaba solo cuando se enfrentó con esos viajeros.
Estando en éstas llega un mensajero de la corte de Corinto para comunicarle que el rey su padre había muerto. Por una parte se alegra porque el primero de los vaticinios ya no se cumplía; pero, por otra, teme  el segundo, casarse con su madre. El mensajero le consuela al anunciarle que no tema por eso, ya que realmente es un hijo adoptado. Él mismo se lo dio cuando era pequeño a la reina después de que un pastor se lo entregara a él.
Edipo, al escuchar estas explicaciones, pregunta si no es el único testigo de la muerte de Layo también el pastor que le entregara el niño y ordena que venga a su presencia inmediatamente. Yocasta intenta que desista porque se arrepentirá y cuando se percata de que eso no es posible, se retira a palacio anticipando la desgracia que se avecina. Cuando llega el pastor, éste se niega a hablar, pero ante las amenazas, confirma que Yocasta, haciendo caso a un augurio, le había entregado su hijo para que se deshiciera de él por temor a que acabara con la vida de los dos. Edipo comprueba con pavor la veracidad de los augurios.
El coro se lamenta de los infortunios de su rey y lo poco estable que es la felicidad. Pronto se añaden más desgracias al comunicar un mensajero de palacio el suicidio de Yocasta y cómo Edipo no pudo evitar esa muerte al encerrarse su  mujer y ahorcarse. Cuando el marido e hijo al mismo tiempo, vio muerta a Yocasta, se clavó las fíbulas del vestido de su mujer en los ojos perdiendo la vista. Después se presenta ante el coro dispuesto a comenzar su destierro y pide que lo acompañe un guía.

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