miércoles, 17 de marzo de 2010

Ahora sí que me pongo a estudiar.


Es muy fácil decir me pongo a estudiar. Candela tenía un examen muy complicado de Sociales el martes y ya estaba a lunes y no había cogido ni una de las hojas para, aunque sea, haberlas leído y se sentía agobiada, ya que veía que no le iba a dar tiempo a estudiarlo todo para el día siguiente. Así que convenció, con ayuda de sus compañeros que veía que estaban en la misma situación que ella, al profesor para que cambiara el examen, ya que era mucho lo que había que estudiar.
El profesor, amablemente y para que aprobaran sus alumnos, lo cambió a la siguiente semana. Candela con ese gran notición se sintió aliviada, como si le hubieran quitado un gran peso de encima, ya que este examen era muy importante que lo aprobara para así no estar castigada todas las vacaciones de Semana Santa. Así que más o menos planeó cómo poder estudiar poco a poco las hojas: un día, unas y otro día, otras, y así no meterse la pechada de estudiarlo todo el último día.
Eso se quedó en teoría porque en la práctica fue mucho más difícil. El primer día no pudo ya que era un buen día para salir a dar una vuelta. El segundo día porque estaba cansada. Y así volvió a llegar el día anterior del importante examen. Volvieron los mismos agobios y el arrepentimiento por no haber hecho nada cuando podía haberlo hecho, pero aun así no perdió la esperanza, porque le podía dar tiempo perfectamente a estudiarlo todo en una tarde, lo que hacía falta era ponerse a ello.
Pero vino el problema de siempre. Enciende el ordenador y, cómo no, uno le habla, luego el otro, así poco a poco van pasando las horas y se da cuenta que si sigue así no estudia y apaga el ordenador. Ahora es buena hora para empezar a estudiar, pero resulta que le llama una amiga para decirle algo importante, por lo que habla con ella un buen rato. Así que solo le da tiempo a leerlo una vez. Aún no ha perdido la esperanza. Piensa que después de venir de entrenar le da tiempo de sobra a seguir estudiando y a aprendérselo todo, pero resulta que se le olvidó pensar que podía venir tarde y cansada. Por lo que opta por meterse a la cama a dormir y levantarse a las cinco de la mañana a estudiar. Pero a esa hora ni estudia ni nada, ya que el sueño que tiene no la deja ni abrir los ojos, aunque memoriza varias cosas.
Llega al examen y suspende.
Esto es lo que a nosotros los jóvenes nos pasa la mayoría de las veces, que lo dejamos a lo último, tan a lo último que apenas estudiamos. La pereza y la poca concentración, y si a esto juntamos los “problemas” que pensamos que tenemos, nos lleva a suspender. Tendríamos que dejar de decir luego o más tarde y ponernos a ello.



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